Lunes, 1 de julio de 2024 - 1:01 p.m.
La casa de las palabras
Luisa Fernanda Mendoza Duarte
Capitulo 1. Deseos.
No recordarás este sueño porque el olvido es necesario.
Yo tambien conocía el olor de la felicidad, conocí el café del alma, aquel que se bebía con la mayor dicha de la noche tibia, parecida a la piel de aquel ser al que se ama. Conocí el capricho de perderme de vez en cuando en las orillas poéticas de la constante paz, florecieron caminos adornando las espinas y me reconocí bailando en las rosas de la luna. Logré apreciar la libertad, dejando volar los pétalos de mi alma y corrí buscando atardeceres para decorar mis cicatrices.
Para poder entender la vida, nos hace falta raíces, raíces que se comuniquen con otras raíces, flores que escuchen a otras flores, cicatrices que sonrían con otras cicatrices; para entender la vida, quizá solo sea necesario aprender a coleccionar lunas, aprender a guardarlas en el alma, en el bolsillo, en la sonrisa, en el libro de la vida. En la vida de los libros.
Creo que todos somos luna, memoria, espacio y vacíos, somos un enorme cajón de paisajes y sabores que componen lo más infinto de la profundidad, tal vez la felicidad sea esto, no sentir que debes estar en otro lado, sino sentir cosas bonitas, entre línea y línea, aquí, justo ahora. Aunque a veces se me olvida que conozco el olor a la felicidad y se vuelven infinitos los jardines de las flores tristes.
Vivo en la casa de las palabras, en el número veintisiete, ¿Calle de la alegría?
Jueves, 4 de julio de 2024 - 8:01 p.m.
La casa de las palabras
Luisa Fernanda Mendoza Duarte
Capítulo 2. Tambaleándome por ahí.
Las anécdotas son necesarias.
He estado un largo tiempo tendida en la hierba de los recuerdos infinitos, me cubrían las hojas del cariño y del silencio. Pude descansar un poco y entender sobre la calma junto con las blancas flores. Descansé, mi corazón también descansó un poco. La vida es navegar un mar de tejidos inolvidables, maravillosos, misterios y también, imprescindibles.
Lo profundo que hay que respirar últimamente, cada respiración es la verificación de la vida y la frontera con la locura inconsciente. Cada respiración es comunicación, cada suspiro que se va de nosotros se vuelve pregunta o se convierte en respuesta, en cada silencio existe un diluvio de palabras no dichas saliendo de los ojos. Y no puedo hacer nada al respecto, a veces me pongo al borde del mar y pienso que si el mar no lo sabe, no lo sabe nadie.
Me parece precioso pensar en emociones que aún no conozco. ¿Estarán esperándome? ¿Desearán nuestro encuentro? ¿Sentirán que estamos por conocernos? Me gusta pensar que sí, me gusta pensar que no. Eso es vivir, hacer preguntas, preguntarse a uno mismo, preguntarle al otro, no preguntarle a nadie.
Mis ojos no toman fotos, pero dicen cosas y guardan momentos. Yo vivo en la casa de las palabras, en el número veintisiete, ¿Calle de las preguntas?
Sábado, 3 de agosto de 2024 - 2:45 a.m.
La casa de las palabras
Luisa Fernanda Mendoza Duarte
Capítulo 3. ¿Mañana?
Pienso que todo lo que voy viviendo es necesario.
La risa, la rabia, el amor. Todo va sumando algo a mi ser, me entrego a vivir sintiendo poéticamente. Es lindo trabajar en uno mismo. Soltar unas cosas, aferrarse a otras, arder y atreverse, quererse una vez y todas las veces. Es bueno dudar, me refiero a dudas razonables. Eso me demuestra que el cerebro es bello y se encuentra examinando posibilidades. Tengo una soledad preciosa, serena, divina. Soy dueña de mi tiempo y reina de mi vida. Pero lo admito, es linda la soledad compartida. Pero viene una duda razonable. ¿Existe la soledad compartida? Hay mucha belleza en dejar ir lo que no puede ser, hay mucha belleza en abrazar sin preguntar. Hay mucha belleza en todo, pero a veces uno también se cansa. La vida me ha enseñado algo: si quiero conocer un alma, la escucho con profundo amor. Pero viene otra duda razonable. ¿Alguien quiere escuchar mi alma con profundo amor? Hay soledades de las que no quiero curarme. Hay soledades preciosas y a veces me digo a mí misma que ya no voy a escribir más y pienso en el silencio y calma. Pero tengo en mis ojos marcados algunos pequeños detalles. ¿Infinitos? Hace falta sentir: el frío, el amor, la ternura, la brisa en la cara, las manos desnudas. Sentir, hace falta sensibilidad. Hoy siento. Hoy me hago un autorretrato y escribo. ¿Mañana?
Mañana ternura. La ternura me parece fascinante. Alegra la vida de quien la da, cura la herida de quien la recibe. La ternura es el mejor regalo.
Vivo en la casa de las palabras, en el número veintisiete, ¿Calle de la ternura?